Conocí a un hombre que juraba que una startup era su sino,
su plan requería un deck, un mecenas y un camino.
Después vino otro, vestido de luz visionaria,
juraba que el mundo cedería cuando el capital diera la plegaria.
Conocían ricos mecenas, y la semilla fue obtenida,
mas lo que juraron entregar fue siempre diferida.
Recaudaron, se reunieron, sonrieron, cenaron, planearon sin cesar,
pero solo construyeron papel, y el papel aprendió a aparentar.
La idea nunca sucedió; siempre estaba por venir,
un rumor sin cuerpo, para siempre suave al zumbir.
Cada consejo tomó su tajada, cada comité su porción,
hasta que nada del primer intento quedó en su corazón.
Cambió su nombre y su marca, como el ladrón que muda su abrigo,
y llamó a la pérdida de esencia una nota ágil, sin castigo.
Luego vino el siguiente proyecto tan barnizado, ferviente y nuevo,
y aun así no entró en el mundo como algo real y verdadero.
Una tarde yo, harto de su largo ritual de espera,
tomé el trabajo en silencio, y lo hice a mi manera.
Ningún sponsor firmó mi paso, ningún inversor puso arancel,
la única firma de aprobación fue el programa corriendo fiel.
Ni visión, ni pitch, ni hoja de ruta, ni un deck en tinta pulida,
solo un objeto sobre la mesa que obligó al mundo a pensar la vida.
Las ideas no perecen bajo el peso de hierro de lo real,
perecen cuando catecismos corporativos enseñan al tímido su ideal.
Perecen por la hambre de lucro, por el credo avaro del balance,
por mentes que juran que un modo "correcto" es lo que el rico exige en su avance.
Como si lo correcto usara gemelos, como si el oro diera la llave,
mas la acción no pide inversor, solo el nervio de quien sabe.
No siempre —no— mas a menudo, cuando el deseo es limpio y quedo,
un pensamiento se hace cosa no por consenso, sino por denuedo.